Reglas de Vida

Fraternidad Monástica San Macario

Reglas de Vida Para Monjes, Monjas y Eremitas

Para los que vivimos en cualquier parte y en cualquier tiempo en el mundo o más allá de todo mundo.

Apreciado Hermana (o)

Tienes la oportunidad de alejarte de este mundo lleno de engaños y contradicciones, para seguir al Señor. No dudes un instante. No permanezcas observando lo que queda atrás, en el camino, ni sueñes con tu fantasía, gestando fantasmas en un futuro que no es y que, seguramente, nunca será.

Aventúrate a caminar por las sendas del evangelio, que ya están a tu disposición y en este mismo instante se abren para ti. No te detenga el pasado. No te angustie el mañana. Simplemente estás aquí y ahora con el Señor. Es Él quién te llama.

No te pierdas en los vericuetos del mundo moderno ni te distraigas en tu propio laberinto. No te justifiques buscando razones para escapar de la senda del Señor. Que no te deslumbren los espejismos de un mundo que perece por la confusión y la pérdida del horizonte existencial cristiano.

Intenta no caer en el precipicio de la muerte. No pretendas dar lecciones sino aprende a abrir las puertas de par en par a Jesús nuestro Salvador, procurando siempre que tu vida sea lección y tu compromiso testimonio ante los demás.

Reglas de Vida Para Monjes, Monjas y Eremitas

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Primera Parte: Conducta y Actitudes del Monje o Monja en la Jornada

Al comenzar el día, inicia con la señal de la Cruz y conságralo, todo entero, en un breve acto de fe al Señor.

Renuncia explícitamente a cualquier vanidad o distracción durante la jornada. Haz el propósito, sinceramente, de no apartarte del Señor, recuerda a San Juan de la Cruz que nos enseña sólo Dios es digno del pensamiento del hombre..

El diablo te tentará con muchísimas distracciones u ocupaciones disfrazadas de bien. Rechaza, con vigor estos engaños Pide al Señor el don del discernimiento y busca la paz que se puede encontrar en el silencio.

No por mucho empeñarte lograrás mejores resultados. Combate la ansiedad que te oprime y permanece atento al silencio interior. El Señor no quiere esos tus trabajos y tus cosas sino toda su persona. No pierdas el tiempo.

El mundo, en el que te toca peregrinar, se asemeja al caos. La mayoría de los hombres, en los centros urbanos, viven en desorden y desarmonía. No temas, ni te dejes atrapar por ningún lazo. Sobre todo, no prestes atención a lo efímero.

Recuerda que lo más grande siempre resulta incómodo. Con la ayuda de Dios vencerás cualquier asedio.

No te apresures. Detente y sosiégate. No hagas una cosa después de otra con precipitación. Entre paso y paso descubrirás el silencio.

Interrumpe, con frecuencia, tus movimientos. Respira hondo e invoca al Señor antes y después de cada paso. Sosiégate. No te apresures ni en hablar ni en responder.

No te apresures por hacer un trabajo o realizar una actividad. Con antelación a cualquier trabajo o empeño di una oración breve. Desconfía de tus propias urgencias.

Sé firme en tus convicciones, pero siempre dispuesto y pronto para abrazar la verdad y aceptar tus errores.

Trabaja en silencio, sin decir lo que haces. No busques reconocimiento ni aplauso. Acepta lo que la misma Providencia te depara en todo lo que se refiere a tus acciones.

No establezcas ni te amarre con un horario rígido. Acepta un orden armónico al que puedas fácilmente adaptarte. Busca también la belleza en la sucesión de las horas.

Intenta integrar las sorpresas, esto es: lo imprevisto. No desvanezcas ante ello. La vida contemporánea abunda en lo que no se aguarda. No prestes atención ni te angusties, que todo pasa. Cultiva la paz.

Aprende a vivir en algunos minutos o, quizá, en algunas horas del día, lo que otros viven a lo largo de todo su tiempo: la soledad, el retiro, el recogimiento... Sé monje de un sólo día. Descubre en las horas y en los paisajes, en la música y en toda manifestación de la belleza, la hondura de la verdadera soledad interior.

Aprende a prolongar los instantes privilegiados, cuando el tiempo es atravesado verticalmente, como la Eucaristía y toda celebración de la Liturgia en la que hayas participado. Únete por dentro a la vida que no ve y que, sin embargo, requiere de tu plegaria y de tu vigilia. Especialmente descubre el misterio religioso de la noche y haz de esas horas tu propio desierto.

La soledad, decía André Louf, era una porción del mundo que servía al ermitaño para situarse en el universo. La porción que ahora te pertenece es el tiempo. Vigila y vela, según tus posibilidades, y proyecta tu vigilia en todas las horas.

Ten presente lo que enseñaba San Isaac el Sirio: si un monje o una monja, por razones de salud, no pudiese ayunar, su espíritu podría, por las solas vigilias, obtener la pureza de corazón y aprender a conocer en plenitud la fuerza del Espíritu Santo. Pues sólo quien persevera en las vigilias puede comprender la gloria y la fuerza que se esconden en la vida monástica.

Permanece en vigilia por medio de las oraciones breves. Practica la Lectura espiritual y, a ser posible, reza diariamente todas las horas del Oficio Divino.

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Segunda Parte: Elementos Generales

El monje ha de tener en cuenta su posición con respecto al mundo, una vez que lo ha dejado todo por Dios, se ha dejado a sí mismo y ha acudido al llamado del Señor que es su vida. Antes que cualquier decisión posterior se ha postrado para adorar. Con ello reconoce el primado de la contemplación.

No se aferra a época ni a lugar alguno. Renuncia decididamente a cualquier forma de poder aun cuando parezca conveniente o con el pretexto de contribuir a formas apostólicas. Se despoja de cualquier medio para presentarse en el Nombre de la Palabra de Dios. No apela a ninguna alianza ni se sirva de ella. Se cuida de caer en enredos y artimañas propias del mundo moderno.

Sabe que los cristianos habitan el mundo pero no son del mundo... que viven de paso en moradas corruptibles, mientras esperan la incorrupción en los cielos (Ep Diogn. VI.3 y 8), Habitan sus propias patrias como forasteros... Toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña (Ibid. V.5). Son, por tanto, peregrino en el desierto de este mundo.

Abandona todo en el Señor, lo que caracteriza el desierto interior. Deja de lado las previsiones e inquietudes. Trabaja con asiduidad y convicción por su propio mejoramiento personal y crecimiento espiritual. Péguy decía que no es mayor pecado la inquietud que la pereza.

Dejar cualquier compromiso con el poder que este mundo implica, desde luego, se dispone a la contemplación y a la única obra de Dios.

Sabe que el peregrino no ha de temer la lucha sino confiar en la Gracia del Señor con humildad y con paciencia.

Practica el silencio interior según el siguiente Apotegma: El Abad Isaac estaba sentado un día junto al Abad Poimén; se oyó, entonces, el canto de un gallo. Aquél dijo: ¿es posible oír esto aquí, Abad? El otro respondí: ¿Isaac, por qué me fuerzas a hablar? Tú y los que se te asemejan escucháis esos sonidos, pero el hombre vigilante no se preocupa por ello (Poimén 107 - Sentencias 245).

Se convierte en discípulo que sabe escuchar y discernir. En muchas ocasiones los sonidos manifiestan el silencio. En efecto, lo importante no es lo que llega sino cómo lo recibe.

Tiene el corazón fijo en Dios y cuando padece la adversidad o sufre algún despojo, o lo que sea, no se compadece a sí mismo, no guarda en la memoria los recuerdes de esos sentimientos negativos. Pasa por encima de las miserias de este mundo, respetando y aceptando el nivel de cada cosa.

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Tercera Parte: El Recogimiento

El recogimiento es lo esencial en la vida del monje o de la monja. Se entiende por recogimiento la unificación interior de la persona en la Presencia de Dios.

Vive de la Presencia de Dios en todo tiempo y lugar y sometiendo a El todo.

Acepta el llamado a la santidad y a la unión con Dios desde el recogimiento habitual como el de los que perciben una especial vocación a la contemplación y a la intimidad con el Señor.

La Contemplación es una gracia de la cual vive constantemente. Recuerda que el contemplativo no conoce más o menos que otros, sino que como decía un cartujo, es capaz de extasiarse donde los demás pasan con indiferencia.

Sabe que la Contemplación no es un camino de conocimiento sino un llamado a una experiencia de fe y de amor que trasciende todo camino o proyecto.

Dispone de un tiempo infinito para Dios y practica asiduamente la Lectura espiritual.

Si alguna vez se hallara en un ambiente adverso y descubre que los más cercanos son los más distantes, convierte todo ello en escuela de Caridad y aprende a trascender las imposiciones de cualquier lugar.

No deja de combatir. Es fiel y constante. Huye de los laberintos. Sabe que la lucha es siempre saludable. Es perseverante en las pruebas.

Desde el silencio y el recogimiento solo Dios basta. En un corazón puro no existen más disonancias ni distancias con Dios. Está abierto al Misterio y se halla en conformidad con la Voluntad del Padre. Sabe que el auténtico silencio es propio de un corazón puro, semejante y unido al Corazón de Dios. Podrá, pues, vivir en un silencio completo cuando descanse sin reparos, como un niño, en el mismo Señor.

El silencio consiste, sobre todo, en callar para oír algo siempre más grande. Deja sus análisis y el alud de sus deducciones. Permite que el silencio se manifieste en su interior. Puede estar muy empeñado en todo tipo de actividades y, al mismo tiempo, gozar del silencio, que es patrimonio del alma y expresión de Dios.

No comete agresiones ni abusa de cuanto pasa. Respeta y no se apresura a responder o a intervenir en lo que sea. Mira con benevolencia y entiende que todo está a su favor.

Se libera de todo lo que no le atañe. No depende de personas o de situaciones. Calla las voces que lo lleven a analizar en exceso. Busca su refugio y su auxilio en sólo Dios porque sabe que con Él nunca será defraudado.

Procura tener un corazón puro y unificado en el Señor. Va a Dios por Dios. Dios mismo es su vida. Tiene presente que la invocación del Nombre de Jesús le recuerda constantemente la Presencia del mismo Señor y su unidad interior e íntima en Él.

Encuentra el misterio del desierto en su propio interior y en cuanto eventualmente lo circunda.

 Toda desolación o prueba podrá conducirlo, si así lo quiere, al Misterio de Cristo.

Es propio del solitario estar con el Señor en su agonía es por ello que ofrece y consagra las horas y el sufrimiento consciente de su fecundidad.

(Adaptado de un texto escrito por Fray Alberto E. Justo, O.P.)

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